Instituto de Investigación de Recursos Biológicos
Alexander von Humboldt

Investigación en biodiversidad y servicios ecosistémicos para la toma de decisiones

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Cacao vivo


23/10/2018 

Opinión 

Por Brigitte Baptiste 

Directora general Instituto Humboldt 


Uno de los productos más interesantes de la América ecuatorial, el cacao, ha sido elevado recientemente a la categoría de “cultivo de la paz” en Colombia, debido a que la demanda global de chocolate sigue creciendo y existen muchas amenazas a la producción, la mayoría derivadas de las limitaciones con las que hemos abordado su manejo con la miopía propia del énfasis rentístico.

La crisis del cacao se origina en la incapacidad de entender su identidad biológica con una perspectiva ecosistémica, lo que ha llevado al agotamiento genético de los cultivos, al incremento de su vulnerabilidad a hongos y plagas, y a la escasa productividad comparada con su potencial: ni siquiera estamos seguros de qué organismo poliniza sus flores.

Nos enfrentamos a uno de muchos casos en los que la agricultura tropical requiere una revolución, una que sea capaz de valorar además las razones por las cuales el conocimiento ancestral de los pueblos amerindios insistía en manejar el ecosistema, no los cultivos. La simplificación y parcelación disciplinaria de la investigación propia de la modernidad, que en muchas facultades de agronomía en Colombia implica aún una formación convencional, es una parte del problema: no hay capacidad de construir modelos integrados del funcionamiento de los agroecosistemas y las normas no ayudan. Aún hablamos de conservación de la biodiversidad como un acto independiente de la producción y eso está causando profundo daño en la construcción de territorios sostenibles, sometidos a la idea de “delimitaciones ecológicas” que arriesgan distorsionar aún más la escasa capacidad de gestión ambiental del país.

El cacao es un árbol maravilloso que requiere más ecología que revolución verde y si bien hay que resolver los cuellos de botella de los cultivadores actuales, ese no es el camino para garantizar el chocolate del futuro. Por eso, la perspectiva de la última expedición del programa Colombia BIO, hecha por Agrosavia y el Instituto Sinchi con apoyo de Colciencias, también con financiación de la cooperación británica (GROW Colombia) abre innumerables posibilidades para que ese cacao del futuro realmente sea parte de una revolución en sostenibilidad, algo que en otros gremios se cocina pero no acaba de cuajar.

Hace 20 años impulsábamos una ecología del café basada en la biodiversidad de las regiones donde se cultivaba, un mecanismo para integrar aún más una especie emblemática (aunque introducida) de la cultura colombiana y una alternativa a la crisis recurrente de los mercados internacionales. Algo se avanzó, pero es obvio que la palabra “revolución” no hizo parte de esas proyecciones, a duras penas reconocemos los cafés especiales basados en conservación como alternativa de mercadeo.

Pueda ser que la fruticultura, la palma de aceite o incluso la ganadería colombiana sean más sensibles a este reto que entiende la competitividad como un resultado de una perspectiva integral de gestión del desarrollo rural, basada en las contribuciones de la naturaleza al bienestar, es decir, en los servicios de los ecosistemas. Si los dioses de la cultura azteca eligieron el chocolate como su ambrosía, por algo sería, pero es probablemente en Colombia donde se abre el espacio de resignificación de su producción con base en la genética chocoana y amazónica y las particularidades de su entorno biológico. Si tenemos éxito, habrá chocolate para los tiempos difíciles del cambio climático…