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Instituto de Investigación de Recursos Biológicos
Alexander von Humboldt

Investigación en biodiversidad y servicios ecosistémicos para la toma de decisiones
conexion vital
Nota de actualidad | Por: María Camila Méndez | 12/10/2022

Las personas quieren vivir una experiencia, no escuchar recitar un guión




Omar Gutiérrez

Mi nombre es Omar Gutiérrez, soy habitante de la comunidad del Corregimiento de Palermo. Soy hijo orgulloso de un par de campesinos de la región sur del Magdalena. Mi padre, Rafael Gutiérrez, era un campesino que cultivaba arroz. Como todos sabemos, cuando el arroz está en su cosecha, llegan muchas aves. Entonces, cuando yo tenía 6 o 7 años, veía las prácticas que utilizaba mi papá para atrapar aves: mezclaba azúcar con partes de un árbol de uvito, Cordia dentata, es el nombre en latín, para preparar una goma. Luego, buscaba una varita seca que untaba con esa goma. Cuando los pajaritos bajaban a comerse el arroz, se quedaban pegados en las varitas. Llegaban canarios, canario arrocero, rosita vieja, mochuelo, congo, papayero, degollado, yolofo, chirrío, dominicano, todos llegaban a alimentarse y quedaban pegados. Ahí mi padre aprovechaba para cogerlos y los seleccionaba. A las hembras las soltaba porque supuestamente las hembras no cantan, y se quedaba con los machos. En horas de la tarde, cuando yo veía a los animalitos todos maltratados, yo lo que hacía era que, disimuladamente, cuando mi papá se descuidaba, yo les abría la puerta y algunos se iban. Mi papá nunca me cogió en esa acción y yo dejaba la puerta abierta y los pajaritos salían pero le hacía creer que se habían escapado.

Barranquilla me acoge en el año 86. Nos vinimos porque mi papá decía que a él le hubiera dado tristeza ver a sus hijos montado en un burrito con un sombrero y un machete colgado. Mi padre nos saca del campo para brindarnos una mejor educación, para tener otra calidad de vida. Cuando llegué acá a la ciudad, empecé a estudiar. En esa época descubrí un lugar donde vendían aves. Con lo que me daban de la merienda, yo cogía e iba reuniendo plata y al cabo de dos semanas me compraba un pajarito, y lo encerraba en una jaula. Llegué a tener como 22 pájaros, tuve papayero, sinsonte, mochuelo, canarios, tuceros, rosita vieja, yolofo, pericos australianos, periquitos estos del género de las especies furpo, cotorra, también tuve turpiales. Mi casa estaba rodeada de puros pájaros, eso en la mañana era un espectáculo. Pero bueno, fui creciendo y, cuando tenía 12 años, ya estando en el bachillerato, con unos compañeros nos fuimos a jugar a un billar. En ese tiempo estaban prohibidos esos juegos para los niños. Nosotros nos fuimos uniformados con unos compañeros del colegio, pero nos cogió el Cuerpo Élite, que era una fuerza militar aquí de la ciudad. Me cogieron y me encerraron y me pusieron a lustrar botas. Lustré botas como desde la 1 de la tarde hasta las 7 de la noche, porque mi papá no quiso irme a buscar porque dijo que él no había educado delincuentes, quien me fue a buscar fue mi abuelo. Me llevé la pela del siglo. Cuando llegué a la casa, liberé los pájaros que tenía encerrados, porque yo mismo había tenido que vivir el encierro. Me tocó aguantar que me dieran la comida que a ellos se les daba la gana. Comprendí que lo mismo hacía yo con las aves al encerrarlas, porque ningún alimento que tú le des a un ave encerrada va a reemplazar los alimentos que le proporciona el mismo ecosistema. Desde ahí comencé mi actividad como pajarero.

Cuando cumplí los 13 años mi padre me llevó al Parque Isla de Salamanca. Era mi cumpleaños y mi papá me dijo que me tenía una sorpresa. Yo, emocionado con la sorpresa, como cualquier niño de esa edad, esperaba algo material. Pero no, mi papá me regaló un árbol de mangle rojo que todavía existe, está bien hermoso. Y desde ese entonces comencé a participar de grupos ecológicos. Siempre estuve en ese campo ambiental guiado por mi padre, porque mi padre fue un gran ambientalista y botánico, sabía preparar remedios con plantas. En mi familia somos 10 hermanos, el único que siguió con el legado de mi papá fui yo.

ave en árbol
La región del Atlántico cuenta con un registro de 442 especies de aves observadas en la aplicación eBird. Foto: Felipe Villegas


Yo me gradué del colegio mientras vivía en Barranquilla, pero, a partir del año 97 o 98, me vine a vivir a Palermo. Me quedé en Palermo porque me gustó la tranquilidad, había mucha naturaleza, había muchas aves. Después de graduarme, seguí trabajando con distintas fundaciones interesadas en la conservación del medio ambiente y en la investigación sobre aves como el colibrí manglero. Pese a que durante algunos periodos de tiempo tuve que alejarme de estas actividades por distintos motivos, yo siempre seguí siendo cercano al tema. Me iba para las áreas de manglar, para los humedales a observar aves, pero sin binoculares. Después de un tiempo, empecé a hacer mis observaciones de aves y ahí conocí la primera guía de aves, una guía de Proaves, Aves de Colombia, un libro muy pequeño que había traído en español. Posteriormente, comencé a guiar recorridos para observación de aves en los que participaban personas que llevaban muchos años dedicándose a observar aves y que, al notar mi interés, empezaron a compartir recursos conmigo. Uno de ellos, fue la primera persona que me regaló un binocular. Con esos recursos yo empecé a pulirme, porque yo conocía mucho el comportamiento y las actividades de las aves, pero me hacía falta el contexto científico, así que empecé a estudiar. Desde ahí comienza mi vida de pajarero, desde ese entonces no he parado, no he parado. Llevo 27 años pajareando.

Yo siempre he sido una persona que ha respetado y valorado el conocimiento local. Mis amigos, la mayoría, son viejitos. Yo pienso que es necesario escuchar al abuelo, a la persona que vivió el pasado y luego sí acudir al joven. Es importante conocer la información que puede brindar un pescador, un adulto, alguien que haya estado siempre en el lugar, pues son actores muy importantes para identificar aves. Es clave identificar a las personas adultas que estuvieron en el territorio, porque como vamos, se van perdiendo los conocimientos y se va perdiendo la información del lugar. Todos vamos partiendo, las personas van partiendo y nada queda escrito. ¿Cuánto conocimiento no se llevó mi padre a la tumba? Y yo soy de los que les gusta dar la información, porque es que uno no sabe qué pueda suceder y a mí me gusta compartirla.

Cuando vivía en Barranquilla, hacía todo lo contrario a cuidar aves. Era matarife, mataba reses en el matadero. Yo era muy joven, a los 18 años yo estaba matando reses. Estuve hasta los 22 años haciendo eso. Después dejé tirado ese trabajo, porque yo quería estudiar, quería hacer un curso en manejo de recursos naturales. En el matadero me dijeron que no me daban el tiempo para estudiar, entonces yo lo dejé tirado y pasé mucho trabajo por esa decisión. Uno busca las oportunidades, yo he sido de las personas que he buscado esas oportunidades, porque yo siempre me he movido en el campo ambiental.

En mi trabajo como guía turístico, he puesto en marcha los senderos interpretativos. Hay guías que te van recitando un guion, en cambio yo hago algo distinto. En un sendero interpretativo, por ejemplo, yo puedo partir del mangle rojo, que es salacuna de vida, resiste el impacto de las olas del mar y también entrega muchos beneficios, acoge a muchas especies en estado larvario. Allí viven los cangrejos, viven los mapaches, viven los caimanes aguja y ocurre un ciclo asociado a ese manglar. Después, llega un pajarito llamado colibrí manglero. Ese colibrí poliniza. El colibrí está garantizando el alimento para otras especies y la reproducción del mismo árbol. Entonces, si nosotros buscamos los senderos interpretativos, es para formar personas con muchos conocimientos y con valores. Si tú tienes un personal formado, que sabe la importancia de la conexión de un bosque, sea el bosque seco tropical o el bosque de manglar, un persona que reconozca el lugar primordial de las interacciones entre aves, bosque y mangle, y que parta desde lo más mínimo hasta lo último de la copa del árbol, entonces tú vas a generar una conexión dentro de un visitante. Porque al visitante puede que no le interesen las aves, pero sí le puede interesar el cangrejo o le puede llamar la atención saber que el manglar es hábitat de otras especies. Lo importante es tratar de generar la inquietud en las personas, que las personas se vayan con un interés. Las personas quieren vivir una experiencia, no escuchar recitar un guion. Esto supone escenarios muy importantes para trabajar con locales de la zona, pues con ellos podemos generar esas conexiones.

Yo creo que todo observador de aves es buena gente, porque se genera una conexión. Las aves son la mejor terapia que hay para las personas que sufren de estrés, para las personas que tienen problemas de ritmo cardiaco. Eso es una terapia super relajante. Hay otra cosa que tienen las aves, que es muy gomoso, entre tú más observas, más quieres saber, más quieres ver, y es una competencia sana y que beneficia directamente a las comunidades locales. Para avistar aves hay que tener paciencia, hay que madrugar mucho, por eso a uno le tiene que gustar. Las aves les avisan a los pescadores cuando hay recursos, cuando pasa el cardumen, porque vuelan sobre el cuerpo de agua, o llegan y se concentran. Donde está el poco de pájaros juntos, allá va a estar el pescador. Entonces es una interacción directa que hay entre el ser humano y las especies.

mercado de pescado
En la Ciénaga de Mallorquín habitan especies nativas de peces, como Mugil incilis, Cetengraulis edentulus, Diapterus rhombeus y Eugerres plumieri. Foto: Felipe Villegas


Suele suceder que, cuando vienen personas, investigadores, profesionales recién salidos de una universidad y se enfrentan con la realidad, no conocen las dinámicas del ecosistema. Entonces, ahí es donde entran los locales a hacer un aporte muy importante, los locales empiezan a hacer el aporte porque conocen la dinámica de su fauna, de su ecosistema y de sus aves. Al finalizar, cuando los científicos escriben documentos, rara vez se les reconoce a las comunidades locales sus aporte. O todavía es mucho más triste que en los documentos ni siquiera le dan la importancia a los nombres locales, que para nosotros son vitales, porque cada nombre común tiene un significado y cuando se desconocen, se desconoce la importancia cultural que tienen para la comunidad de donde extrajeron la información. Por ejemplo, la pavita de la muerte es un pájaro que canta y su canto es "pao, pao, pao, pao", y dicen que cuando ese pájaro canta, alguien se va a morir. Muchas veces no se le da el contexto cultural que debería llevar, y a mí me parece una falta de respeto con las comunidades, pues simplemente les dan un nombre en inglés y les dan un nombre en latín.

Yo siempre soñé con hacer esto, con pajarear y yo solo no lo iba a poder hacer. Yo tengo tanto conocimiento, porque yo mismo, por iniciativa propia, me tomé la tarea de conocer el entorno donde estoy. Eso es ser muy apasionado. Yo siempre quise ser reconocido en lo que hago y, cuando mi papá se me fue, para mí fue muy duro y yo le prometí que yo iba a seguir lo que él hacía. Eso como que fue una fuerza para seguir incursionando más en el tema, y para seguir conociendo sobre estos animalitos y sobre el entorno, conocer la historia de un lugar maravilloso.